Publicado el 16 de agosto de 2026 · 3 min de lectura

Con los padres hay una regla bastante fiable: cuanto más repiten que no necesitan nada, más guardan lo que les das. No el tercer sacacorchos, ni la caja de cervezas artesanales que se acaba en dos semanas. Lo que aguanta años en la puerta de la nevera o doblado dentro de la cartera son casi siempre fotos.
El problema del regalo clásico es que necesita usarse para existir. La corbata espera una boda, la taza sustituye a otra taza, el cinturón no sale de su caja. Una postal con foto no pide nada. Llega al buzón entre dos facturas, él le da la vuelta, reconoce la escena, y termina apoyada en algún sitio por el que pasa cada mañana. Hay postales que siguen pegadas seis años dentro de un armario de cocina, sin que nadie haya pedido nunca que se guarden.
Solemos buscar la toma perfecta, todos peinados y sonriendo al objetivo. Rara vez es la que emociona. Coge mejor aquella en la que le enseña a tu hija a lanzar el sedal, la de la barbacoa con ese delantal ridículo, la de vosotros dos que hizo otra persona sin que os dierais cuenta. De espaldas, algo movida, torcida: lo que cuenta es el momento que devuelve. Incluso funciona si él no sale. La casa de vacaciones, su bici vieja, la vista desde la terraza donde se toma el café.
Con cuatro líneas basta, y no hace falta que suenen solemnes. Recuérdale el día de la foto, dile eso que por teléfono nunca te sale, cuela un chiste que solo os hace gracia a vosotros dos. En UnCoucou eliges la foto, escribes tu texto, y nosotros imprimimos y enviamos la postal por ti, desde 2,29 € todo incluido. Y mejor no apuntes a la fecha: mándala tres días antes, o diez días después. Llegará sola, sin los demás regalos alrededor, y la leerá dos veces.