Publicado el 30 de julio de 2026 · 3 min de lectura

Seguramente hay una postal rondando por tu casa ahora mismo, metida en un libro o pegada con un imán a la nevera. Ese pequeño rectángulo tiene un pasado más largo de lo que parece, y no empieza con poesía. Empieza con un economista haciendo cuentas.
Viena, 1869. Emanuel Herrmann, profesor de economía, publica en la prensa una propuesta muy poco romántica: si la mayoría de los mensajes caben en unas pocas líneas, ¿para qué encerrarlos en un sobre y pagar la tarifa completa de una carta? El correo austrohúngaro le toma la palabra y pone a la venta la Correspondenz-Karte el 1 de octubre de 1869. Sin sobre, a mitad de precio, unos centímetros de espacio. En tres meses circulaban millones. Francia se sube durante la guerra de 1870 y lo oficializa unos años más tarde.
Al principio la postal iba desnuda: una cara para la dirección, otra para el mensaje, nada que mirar. Todo cambia cuando entra la ilustración. En 1889, durante la Exposición Universal, se vende en lo alto de la Torre Eiffel una postal que los visitantes echan al correo desde allí mismo, todavía algo sin aliento. El principio queda fijado: enviar la prueba de que estuviste. Llega entonces la edad de oro, entre 1900 y la Primera Guerra Mundial. Se fotografía todo, las playas, las plazas de los pueblos, las familias de domingo. Con varios repartos de correo al día, escribías por la mañana para verte por la tarde.
El teléfono, luego el correo electrónico, luego la mensajería instantánea fueron mordiendo ese terreno. La postal se refugió en las vacaciones, como una cortesía de verano. Y sin embargo aguanta, justo por el motivo que la hizo nacer: es corta, es concreta, no exige respuesta. Lo que ha cambiado es la imagen. Ya no viene de un editor regional sino de tu carrete, y la impresión y el sello se resuelven en unos minutos, desde 2,49 € todo incluido. El gesto, en cambio, sigue siendo el mismo desde hace ciento cincuenta años: elegir una foto, escribir cuatro líneas, pensar en alguien.